*Aurélie Farina:
Recuerdo la primera vez que tomé consciencia de que existía, de que era «yo».
Fue un momento mágico. Era muy pequeña, no sé, 3-4 años quizás. Estaba en el jardín de mi casa. Miré mi mano y pensé, soy, soy algo. Un mundo se abrió bajo mis pies.
Recuerdo también la primera vez que bailé. Estaba sola en la sala de juegos que compartía con mi hermana mayor. Debía de tener unos 7 años. Puse un disco, teníamos algunos de música clásica, y empecé a bailar, los ojos cerrados. Sentí un gozo infinito.
A esta edad, mi madre me acostaba muy temprano. Todavía era de día. Y me aburría en la cama. Jugaba a cerrar los ojos y a mirar los colores de este espacio inmenso que parecía yacer en mi interior.
Estas experiencias se han grabado en mi memoria. Creo que han guiado mis pasos.
Algo me llevo a buscar adentro, siempre más adentro.
Estudié filosofía en La Sorbona porque me parecía la única asignatura interesante ya que planteaba las preguntas existenciales que bailaban en mi cabeza:
¿Quién soy? ¿Somos libres? ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Se puede llegar a conocer la Verdad?
Pero era un saber demasiado intelectual. Buscaba una filosofía que guiará mis pasos en la vida y que me ayudará a superar mis conflictos emocionales.
Me lancé de lleno en el baile clásico que había empezado a los 15 años y a los 20, entré en la prestigiosa escuela de danza Maurice Béjart en Suiza donde aprendí teatro, canto, percusión, baile clásico y moderno, circo y kendo.
Después de dedicarme al baile varios años descubrí el mundo del yoga, quizás una puerta hacia la paz que tanto buscaba. Me metí de lleno probando y practicando varios estilos. Me formé en kundalini yoga en 2003 y empecé a enseñar. Desde el primer momento, sentí que era mi vocación.
Luego, en 2006, conocí a Faeq Biria, profesor de Iyengar Yoga. Conecté enseguida con su manera de abordar la práctica y me centré exclusivamente en este método.
Hice la formación de 3 años en París con él y Corine Biria, su mujer. Soy titulada por el Ramamany Iyengar Memorial Yoga Institute de Pune (India).
La práctica de yoga me llevó a explorar y a entender la conexión entre el cuerpo, la mente y la respiración. Es un pilar en mi vida. Me aporta claridad, equilibrio emocional, autoconfianza, energía y algo más sutil que no se puede explicar con palabras. Consulta mi página de yoga aquí.
En verano del 2022 mi vida dío un giro durante un retiro de «respiración y movimiento» que impartían un psicomotricista francés de 88 años y un bailarín y coreógrafo de 83. En una semana, la relación que tenía con mi cuerpo cambió.
Fascinada por la experiencia, en 2022-23 hice un master en psicomotricidad en la «Escuela Internacional de psicomotricidad» en Madrid. Aquí en España, la psicomotricidad no está reconocida como en otros países y no existe una carrera universitaria como tal, sólo un master. Una pena la verdad.
En abril 2024, abrí mi sala de psicomotricidad en Torrelodones y empecé a trabajar con niños y adultos integrando todo lo que había hecho desde los 15 años: el trabajo de conciencia corporal con posturas de yoga, estiramientos y bailes, el uso de la voz, la respiración profunda, la improvisación, la relajación, el teatro…
Hoy estoy estudiando psicología en una universidad española para seguir aprendiendo sobre la interacción entre la psique y el cuerpo, que es, sin duda, el tema central de mi vida. Sigo formándome en psicomotricidad en la CEFOPP. Estoy estudiando psicoanálisis en la NUCEP, escuela de psicoanálisis de orientación lacaniana en Madrid.
Si quieres información sobre mis actividades puedes pinchar aquí.
*Béatriz Alberquilla:
Soy Beatriz una apasionada del juego y el movimiento desde mi infancia. Crecí disfrutando de actividades al aire libre, como montar en bici, jugar a la pelota, correr y “guerrear” con mis hermanos. Mi amor por la educación me llevó a estudiar Magisterio en la Universidad La Salle, donde tuve la suerte de encontrarme con mi querida profesora Pilar Relaño, quien despertó en mí una profunda fascinación por la psicomotricidad. Gracias a su guía, descubrí la importancia del cuerpo y el juego en el desarrollo humano. Posteriormente, me formé durante tres años, como psicomotricista educativa y terapéutica, en CEFOPP (Centro de Estudios y Formación de la Práctica Psicomotriz Aucouturier), junto a Mari Ángeles Cremades y su equipo, quienes me enseñaron a mirar más allá del cuerpo. Más allá del juego motor. Aprendí que es el desarrollo integral de la persona. Es la manera en que cuerpo y mente se construye en relación con el mundo, con su entorno y con el otro. Por eso la sala de psicomotricidad va más allá de jugar. El niño y la niña construye su psiquismo. Es la manera en la que mejor se expresan. La sala es el lugar donde ellos «pueden ser».
Durante 6 años, siendo ya madre de dos hijos maravillosos, regenté mi propia sala de psicomotricidad a la par de ser maestra dentro del aula.
Desde hace 17 años mi dedicación a la infancia es mi mundo.